-En remembranza de un curso que aprobé hace algunos meses. Éste inició con una encuesta con preguntas detonadoras en las que se destacaba una por demás polémica, que trataba acerca de la posibilidad de la desaparición de los libros -tal y como los conocemos- recordándome la obra de Ray Bradbury “Fahrenheit 451”. Las respuestas a dicha pregunta fueron muy variadas, sin embargo al adentrarnos al curso han surgido de la mano del Dr. Antonio Rodríguez de la Heras, una mirada que en lo personal no le había otorgado a mi concepto de “libro”: El libro como “máquina”.
La anterior visión de los libros me lleva a una reflexión:
Desde que existe la escritura se ha hecho necesario la aparición y uso de receptáculos en donde plasmar las ideas escritas y cada cultura aportó una forma de hacerlo: De las tiras de bambú chinas a los panes de barro sumerios, de las tablitas tibetanas a las estelas mayas, hasta llegar a nuestra concepción que tenemos ahora como sustrato que son los libros. Dicho sustrato (hojas de papel encuadernadas) han venido a desbancar (por decirlo de alguna manera) a todas las anteriores concepciones de bases en donde plasmar las ideas en forma de caracteres impresos.
Tenemos tan arraigada ésta preconcepción de los libros que aún en ésta primera década del siglo XXI, no reparamos en pensar la posibilidad de que haya otra forma para la construcción de una nueva máquina que le dé secuela al libro como siempre lo hemos visualizado. Más aún; hemos cambiado de un sustrato de papel a uno digital, pero de igual manera sigue imperando la forma de funcionamiento de la antigua “máquina libro” y generamos una analogía digital de la misma, en donde necesitamos que las páginas se comben y den vuelta para tener la misma sensación de pasar de una página a otra.
Pienso que lo anterior también tiene que ver con la forma de apropiación que tenemos del conocimiento ligado directamente a la posesión de los libros:
La anterior visión de los libros me lleva a una reflexión:
Desde que existe la escritura se ha hecho necesario la aparición y uso de receptáculos en donde plasmar las ideas escritas y cada cultura aportó una forma de hacerlo: De las tiras de bambú chinas a los panes de barro sumerios, de las tablitas tibetanas a las estelas mayas, hasta llegar a nuestra concepción que tenemos ahora como sustrato que son los libros. Dicho sustrato (hojas de papel encuadernadas) han venido a desbancar (por decirlo de alguna manera) a todas las anteriores concepciones de bases en donde plasmar las ideas en forma de caracteres impresos.
Tenemos tan arraigada ésta preconcepción de los libros que aún en ésta primera década del siglo XXI, no reparamos en pensar la posibilidad de que haya otra forma para la construcción de una nueva máquina que le dé secuela al libro como siempre lo hemos visualizado. Más aún; hemos cambiado de un sustrato de papel a uno digital, pero de igual manera sigue imperando la forma de funcionamiento de la antigua “máquina libro” y generamos una analogía digital de la misma, en donde necesitamos que las páginas se comben y den vuelta para tener la misma sensación de pasar de una página a otra.
Pienso que lo anterior también tiene que ver con la forma de apropiación que tenemos del conocimiento ligado directamente a la posesión de los libros:
-Si poseo un libro, poseo el conocimiento de su interior, si no poseo el libro, no tengo nada. (propia. 2013)
Necesitamos aún la seguridad de saber en donde se encuentran las palabras con ideas que dictan conocimiento, y el sustrato digital nos parece aún un ente subjetivo, un sustrato etéreo en donde no se encuentran las palabras impresas y en donde tampoco soy dueño de ellas así como del sustrato que las encapsula.
Por otro lado muchas voces se elevan para tratar de minimizar la relevancia y dar la puntilla al libro de papel, enarbolando la existencia de la multimedia digital y el hipertexto que ha dejado al libro en una situación de: antiguo, poco práctico e incluso aburrido.
Jorge G. Paredes, académico peruano nos da estas palabras en defensa de los libros de papel:
Los multimedia interactivos dejan muy poco margen a la imaginación. Como una película de Hollywood, los multimedia narrativos incluyen representaciones tan específicas que la mente cada vez dispone de menos ocasiones para pensar. En cambio la palabra escrita suelta destellos de imágenes y evoca metáforas que adquieren significado a partir de la imaginación y de las propias experiencias del lector" (Paredes J.2011)
Por mi lado me pronuncio en un estado medio entre las partes detractoras y defensoras de los libros de papel, reconozco el sentimiento de propiedad y el placer que estos me han dado a lo largo de toda mi vida sin embargo la multimedia me deslumbra y atrae con sus infinitas modalidades, me confieso un “Homo Videns” desde la visión de Giovanni Sartori y por ende atrapado irremediablemente en el espejo digital, en donde mi vida en ambos lados no tiene diferencia; más aún, las dos se han vuelto un tanto borrosas desde hace mucho tiempo, pues nunca he sabido sí definirme como un migrante digital (por mi edad) o un antiguo nativo digital.
Ahora bien, la discusión acerca de los libros tendría que ser: ¿Cómo serán usados por las nuevas generaciones? ¿Preferirán los libros de papel o se avocarán a consumir información solo en formato digital? o una tercera opción: ¿convivirán de forma pacífica el sustrato de papel y el digital? Parafraseando al maestro Yoda: “Difícil ver el futuro es”. Las generaciones venideras y las que ya están les quedará el trabajo de responder las preguntas anteriores o de generar algunas más.
De momento solo podemos analizar lo que existe y soñar con otras opciones, pero lo que sí podemos ver, és el cómo se está trabajando en la educación a distancia y de cómo ante la imposibilidad práctica de hacer que un alumno alejado geográficamente pueda coincidir con un libro de papel en específico y ante está posible eventualidad se le tiene que dar el material que puede o no constar por lecturas que definitivamente estarán en formato electrónico.
Muchas universidades han optado por dejar de comprar libros en papel y tenerlos solo en formato digital lo que abre amplias posibilidades a su distribución entre los alumnos solicitantes y la creación de antologías obviando la antigua y tardada tarea de transcripción. Más aún, lo común entre los alumnos es absorber pequeñas partes de libros sintetizadas al máximo en forma de información un tanto dispersa lo que calza exactamente con los preceptos vistos de granuralidad de la información.
Como señala Vigotsky:
“toda la actividad depende del material con el que opera” (Vogotsky L. 2004)
Y en el presente caso el material digital no solo opera sino impera, quedando las bibliotecas (históricamente carentes de alumnos lectores) borradas de la faz de los programas educativos a distancia en los cuales ni siquiera se toma en cuenta la posibilidad de que el alumno pueda, quiera o deba asistir a una biblioteca en busca de algún libro o texto para sus tareas como si las anteriores nunca hubieran existido.
En resumen, quizá el libro de papel nunca desaparezca, pero dentro de la educación la tendencia es simplemente hacerlo a un lado.
Ahora bien, la discusión acerca de los libros tendría que ser: ¿Cómo serán usados por las nuevas generaciones? ¿Preferirán los libros de papel o se avocarán a consumir información solo en formato digital? o una tercera opción: ¿convivirán de forma pacífica el sustrato de papel y el digital? Parafraseando al maestro Yoda: “Difícil ver el futuro es”. Las generaciones venideras y las que ya están les quedará el trabajo de responder las preguntas anteriores o de generar algunas más.
De momento solo podemos analizar lo que existe y soñar con otras opciones, pero lo que sí podemos ver, és el cómo se está trabajando en la educación a distancia y de cómo ante la imposibilidad práctica de hacer que un alumno alejado geográficamente pueda coincidir con un libro de papel en específico y ante está posible eventualidad se le tiene que dar el material que puede o no constar por lecturas que definitivamente estarán en formato electrónico.
Muchas universidades han optado por dejar de comprar libros en papel y tenerlos solo en formato digital lo que abre amplias posibilidades a su distribución entre los alumnos solicitantes y la creación de antologías obviando la antigua y tardada tarea de transcripción. Más aún, lo común entre los alumnos es absorber pequeñas partes de libros sintetizadas al máximo en forma de información un tanto dispersa lo que calza exactamente con los preceptos vistos de granuralidad de la información.
Como señala Vigotsky:
“toda la actividad depende del material con el que opera” (Vogotsky L. 2004)
Y en el presente caso el material digital no solo opera sino impera, quedando las bibliotecas (históricamente carentes de alumnos lectores) borradas de la faz de los programas educativos a distancia en los cuales ni siquiera se toma en cuenta la posibilidad de que el alumno pueda, quiera o deba asistir a una biblioteca en busca de algún libro o texto para sus tareas como si las anteriores nunca hubieran existido.
En resumen, quizá el libro de papel nunca desaparezca, pero dentro de la educación la tendencia es simplemente hacerlo a un lado.


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